“La causa de los niños” (Françoise Dolto, 1996), capítulos 1-4.
Dolto (1996) hace un extenso y profundo análisis de la visión del niño a lo largo de la historia por medio del arte, la literatura, y la religión que data desde la edad media hasta el día de hoy. De este análisis surgen conclusiones que dejan grandes motivos de inquietud ya que, por cierto, no somos ajenos a la realidad allí planteada, y muy probablemente muchos sientan identificada su propia infancia al leer el texto. Lo que allí se plantea es que el niño ha sido entendido como objeto más que sujeto, se le ha privado de casi toda experiencia debido a obsesiones de los adultos disfrazadas de leyes divinas provenientes de Dios, o bien de una preocupación supuestamente razonable por el bienestar del niño, para proveerlo de seguridad ante los riesgos de la vida, y, paradójicamente, se ha logrado todo lo contrario: cada vez los niños son más vulnerables por falta de experiencia. Pues, los niños, mediante la imposibilidad de correr riesgos, cada vez están más desprovistos de seguridad y son menos autónomos, se les ha tratado como si no tuvieran derecho a experimentar necesidades. Sumado a lo anterior, resulta interesante la idea que plantea Dolto (1996) de que para un niño “vivir no tiene sentido si no es por satisfacer una gran curiosidad” (p. 79), y al privarlo de riesgos se le está haciendo perder el gusto de vivir, deprimirse, o incitando a tomar más riesgos de los que tomaría si no fuera privado de ello, ya que sin riesgo la vida se vuelve aburrida y monótona. Dolto, frente a esto propone que “el discurso más constructivo consistiría en advertir tempranamente a los niños de los peligros, pero sin prohibir nada” (p. 76). Contrastando esta propuesta con el contexto latinoamericano, en el cual gran parte de la población no cuenta con sus necesidades básicas satisfechas satisfactoriamente, ni con buenos servicios de salud, y efectivamente se encuentran vulnerables a muchos peligros, ¿cómo pueden los adultos, responsables de un niño, dejar de prohibirle acciones, si saben que en caso de que las haga va a tener un final desafortunado, en el cual ellos no van a poder hacer nada al respecto porque no tienen los medios?, o ¿cómo se puede establecer un equilibro entre la experiencia óptima para un niño y la responsabilidad de un adulto sobre ese niño en este contexto? ¿Cómo se deja de ser coercitivo en un contexto tan amenazador? Invitamos a buscar respuestas para lograr darles espacio a los niños a que vivan una infancia más plena y también a los adultos a que dejen de estar a merced de sus miedos y puedan disfrutar de los riesgos.
El comentario está muy apegado al texto leído; faltan sus propias reflexiones a propósito de lo que plantea la autora.
ResponderEliminarEn ese respecto, en todo caso, las preguntas me parecen muy relevantes y atingentes, sobre todo siendo un aspecto al que la autora no logra responder a cabalidad.
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Estimados:
ResponderEliminarpasé por su blog, y no puedo dejar de preguntarme qué diantres se les pasó por la cabeza para combinar la palabra infancia con la palabra 'ovni'. Sepan ustedes que OVNI no es extraterrestre (para eso está la palabra 'extraterrestre') OVNI es un Objeto Volador No Identificado: y que yo sepa los niños no vuelan, y es dificil que no se los identifíque...
Será tal vez porque el niño de la imagen parece un marciano con sus grandes ojos inocentes y con ganas de descubrir???
estas tribulaciones mias sin duda son estériles, pero como buen neurótico no se me deja de repetir una y otra vez la palabra 'Infancia-ovni'... de modo que necesitaba preguntarles.
Bueno, no me queda nada más que decirles: saludos terricolas.
Manuel Ugalde.